En mayo de 2021, escuelas de 26 países habían cerrado, y en 55 países se encontraban parcialmente abiertas. Según la UNESCO (2021), se calcula que el 90% de los estudiantes en edad escolar del mundo vieron interrumpida su educación. Ecuador no fue la excepción y la improvisación primó; desde la transición a la virtualidad sin tomar previsiones del caso, hasta la falta de presupuesto que atienda las necesidades de infraestructura. Es aquí que se cuestiona la modalidad más tradicional de la educación y pensamos qué hacer estratégicamente para resolver este tipo de retos a futuro. Pero y ¿cómo solucionar algo que no entendemos a detalle? La falta de información sobre la realidad educativa en el país ha sido una constante y los datos se vuelven clave al momento de tomar decisiones, con el propósito de evitar un desfase educativo y mejorar las condiciones del rendimiento escolar. Por ello, en conjunto con organismos internacionales Antroproyectos recopiló información en seis provincias del país, generando casi 400 exámenes de rendimiento, más de 25 entrevistas y seis grupos focales. Los resultados son el reflejo de 14 meses en los que los estudiantes de las provincias de Pichincha, Imbabura, Esmeraldas, Azuay, Manabí y Guayas no asistieron a clases presencialmente. Los profesores, padres de familia y alumnos tuvieron que sortear la falta de conectividad y de herramientas tecnológicas, con un importante impacto en su proceso de aprendizaje y desarrollo. Se evidencia que la virtualidad ha debilitado la calidad de la educación y ha contribuido a una alta deserción escolar. Se descubrió que la población estudiada adquiere conocimientos, pero no los suficientes para pasar con éxito sus respectivos cursos, y el rendimiento tiende a bajar en el bachillerato, especialmente en varones. Las asignaturas con puntajes más críticos son matemática, lenguaje e inglés. La adaptación de los estudiantes a la presencialidad tuvo, por un lado, el entusiasmo del contacto con otros compañeros y docentes, sin embargo, se reconoce una importante dificultad en retener información y vacíos en conocimientos correspondientes a su nivel de estudios. Como una necesidad inmediata, es importante que, desde las familias y las instituciones educativas, se generen procesos de refuerzo escolar que contribuyan a reducir las brechas de conocimientos de los estudiantes en el marco del currículo nacional. Ahora, ¿qué se puede hacer para que a mediano y largo plazo la educación no empeore más, sino que mejore? La propuesta es que sea el sistema educativo el que se adapte a los estudiantes y no viceversa; se deberían diseñar estrategias conjuntas que consoliden una acción educativa ordinaria; debería revalorizarse el rol del docente para atender la realidad del estudiante desde la empatía, con un enfoque de género, con entendimiento sobre discriminación, movilidad humana, consciencia ambiental y animal; se debería motivar que dentro de los planes de estudio se incluya el desarrollo de aptitudes que resuelvan problemas reales, que fomenten el pensamiento crítico, que construyan habilidades sociales, y que generen hábitos de trabajo; los planteles educativos deberían cumplir con los requisitos motivados desde el Gobierno, y a la vez exigir el cumplimiento del presupuesto asignado, pero también abrirse a las propuestas de innovación educativa que surgieron con los aprendizajes recogidos en el contexto de pandemia. Hay que tener claro que la investigación de este tipo de problemáticas es solo el inicio, y que el trabajo en conjunto de todos los stakeholders es la solución a futuro. Si bien, y como resultado de este estudio se arrojan varias recomendaciones, en el ámbito educativo existe un sinfín de oportunidades, desde lo académico, política pública, familia e individuo. Si se fijan, la educación siempre resulta ser la única y última respuesta ante los problemas que tenemos como sociedad. Por _ Martín Guerrero, Antroproyectos