Sin embargo, en muchos contextos persiste una desconexión entre lo que producen las universidades y lo que realmente necesita el sector productivo. Esta brecha representa una oportunidad perdida: el conocimiento, que debería convertirse en motor de la economía, suele quedar confinado en artículos académicos y “papers” especializados. También puedes leer: Las claves que marcarán el rumbo en la innovación tecnológica en 2025 Si bien la producción científica en el país ha crecido de manera significativa un logro que merece reconocimiento surge una pregunta clave: ¿estos aportes se transforman en innovaciones que llegan al mercado? La mayoría de las veces, la respuesta es no. La solución no es dejar de investigar, sino comprender que el camino hacia la innovación no es lineal ni inmediato, sino complejo, lleno de incertidumbre y de múltiples intentos. Para cerrar esta brecha, academia y sector productivo deben dejar de trabajar como mundos aislados. Es necesario un nuevo modelo de colaboración. En este escenario, los parques científicos y tecnológicos cumplen un rol estratégico como catalizadores: facilitan la interacción, la transferencia de conocimiento y la co-creación. En estos espacios, los investigadores pueden conocer de primera mano las demandas reales del mercado, mientras que las empresas acceden a tecnologías de vanguardia y a talento especializado. Promover una cultura de innovación abierta disuelve barreras institucionales, favorece la experimentación conjunta y acelera la solución de problemas concretos. Otro aspecto crítico es la gestión de la propiedad intelectual. Muchas innovaciones se estancan porque los científicos carecen de conocimientos o apoyo para proteger sus descubrimientos. Sin patentes, derechos de autor o secretos industriales, resulta casi imposible atraer inversión para su comercialización. Por ello, las universidades deben fortalecer sus oficinas de transferencia tecnológica, brindando asesoría legal y de negocios. Al proteger y valorizar el conocimiento, este se convierte en un activo atractivo para inversionistas, reduciendo riesgos y aumentando las posibilidades de que una innovación sea viable en el mercado. El capital humano es el vínculo más determinante. Se necesitan profesionales capaces de combinar la rigurosidad científica con la visión empresarial. Los investigadores deben aprender a comunicar y “vender” sus ideas, presentar proyectos a inversionistas y entender la dinámica del mercado. A su vez, los empresarios deben reconocer el valor del pensamiento científico y aceptar la incertidumbre propia de la innovación. Esta sinergia incrementa la probabilidad de transformar una invención en un verdadero caso de éxito. También te puede interesar: La inteligencia artificial: del asombro inicial a la adopción masiva En conclusión, no existe un camino único ni directo para que el conocimiento universitario llegue al mercado. Es imprescindible construir puentes sólidos basados en confianza, perseverancia y tolerancia al fracaso. Un ejemplo de este esfuerzo son los retos de innovación empresarial, donde la universidad desarrolla prototipos que responden a necesidades reales de la industria. En el largo plazo, estas iniciativas permiten que la investigación trascienda las publicaciones académicas para impactar la vida de las personas, fortalecer la competitividad y aportar al desarrollo del país. Por: Juan Pablo Suárez Chacón, Director del Parque Científico y Tecnológico UTPL Este artículo es publicado en colaboración con: