Su meta: estar a la altura. Miembro del pueblo kichwa de Sarayaku, vive entre la selva y los foros internacionales. Participa en encuentros sobre medioambiente, empoderamiento femenino e indigenismo. Sabe que su vida no es común. La misma mujer que baila en las mingas comunitarias y bebe chicha de yuca con su gente es, al mismo tiempo, un símbolo global del activismo indígena. “No pensé que sería una gran lideresa. No lo escogí. De niña era tímida y tenía otras aspiraciones”, cuenta en entrevista con EFE. “Mi madre me decía que estudiara porque no había muchos profesionales amazónicos”. También puedes leer: Sector florícola de Cotopaxi en alerta: Claveles pierden 23% de producción por condiciones climáticas extremas Gualinga reconoce que su historia no sigue los patrones tradicionales de su comunidad. Se casó a los 40 años, no tuvo hijos biológicos, pero crió a una hija desde que la pequeña tenía dos años. Ese giro en su vida coincidió con la amenaza petrolera en Sarayaku, en los años 90. Fue un punto de quiebre. Su madre, Cristina, ya defendía los derechos de la naturaleza. Pero la concesión del Bloque 23 a la Compañía General de Combustibles (CGC) en 1996 —proceso que se extendió hasta 2002— encendió las alarmas. Las mujeres, con Patricia y su hermana Noemí al frente, lideraron la resistencia. En 2012, lograron una histórica sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH). Por primera vez, se reconoció el derecho de los pueblos indígenas a la consulta libre, previa e informada antes de cualquier proyecto estatal en sus territorios. “Hoy me toca defender el punto de vista de los pueblos indígenas en espacios donde antes no teníamos voz”, afirma. Fuente: El Comercio