Las preguntas sobre el futuro son una constante de la humanidad. Y hay momentos en los que, de manera especial, surgen inquietudes centradas en el mundo del trabajo. Desde hace un tiempo, se extienden las investigaciones que intentan cuantificar el efecto que, a una o dos décadas de distancia (quizá más, quizá menos), tendrán las crecientes y cada vez más aceleradas innovaciones tecnológicas en la cantidad de empleos. ¿Deberán resignarse cada vez más puestos a causa de las transformaciones? ¿En qué medida otras nuevas ocupaciones laborales compensarán esa pérdida? ¿Se está previendo una preparación adecuada para las oportunidades que llegarán, o para un trabajo en convergencia con las máquinas? ➤ Ver también: ¿Dejarías que un abogado robot te defendiera? Una de las conclusiones de no pocos analistas es que más relevante que quedarse con pronósticos numéricos, cuyo nivel de acierto depende de una serie amplia e incluso cambiante de factores, resulta analizar el impacto que la transformación deja en la estructura del mercado de trabajo (por los cambios en el tipo de perfiles requeridos) y en la distribución del ingreso de una sociedad. “La automatización será probablemente una amenaza mayor para la igualdad social que para el empleo en general”, concluye, entre otros puntos, un trabajo reciente del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas), de la Universidad de La Plata. El estudio, titulado “El riesgo de la automatización en América Latina”, se propuso identificar el grado de riesgo de las ocupaciones en seis países: la Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Se llegó a dos conclusiones, porque se trabajó con dos metodologías: Una de ellas es que el 16,7% de los empleos existentes tiene alto riesgo de ser reemplazado por máquinas. En la otra hipótesis, el 62% de las ocupaciones tienen elementos que las harían altamente susceptibles de ser automatizadas, un índice que es mucho más elevado para posiciones como las de personal de ventas (78,5%), atención al cliente (71,6%) o asistencia en la cocina (86%). ¿Por qué la diferencia entre ambas conclusiones? En el caso de la segunda alternativa citada, el trabajo se basó en el método usado por los investigadores Carl Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, en 2013. En su momento, la conclusión de ese estudio, respecto de que el 47% de los empleos de los Estados Unidos tenía alto riesgo de ser reemplazado en un horizonte de quizá una o dos décadas, tuvo bastante difusión, pero también, con el tiempo, hubo varias críticas, como la que advierte que la automatización de determinadas tareas atribuibles a una ocupación no es motivo suficiente para indicar que un puesto podría quedar eliminado, tal como sugería el estudio. Por la estructura del mercado laboral en América Latina, el porcentaje de puestos con elevado riesgo de automatización que se obtiene sobre la base de la metodología de Arntz, es bastante más alto que el que arrojó una estimación hecha para países desarrollados (9%). Y eso se explica porque en nuestra región (para la cual se tomó información de los institutos oficiales de estadística y se la trabajó con una base de datos desarrollada por el Cedlas y el Banco Mundial) los empleos de ingresos bajos y medios tienen más peso que en las economías industrializadas. Hay que tener en cuenta también que las estimaciones incluyen tanto el trabajo formal como el informal, este último de incidencia muy significativa en los países latinoamericanos y en la Argentina en particular. En este punto está una de las más fuertes luces de alerta: la mayor vulnerabilidad ante la automatización de tareas se da entre quienes están peor ubicados en la pirámide socioeconómica y, también, entre quienes tienen menos años de estudios. En cuanto a sectores, el riesgo es mayor en el comercio, los restaurantes y hoteles, el transporte, las comunicaciones y el servicio doméstico (frente al promedio general de 16,7%, en esos sectores el índice llega hasta el 25%). Bastante más bajo resulta el índice en tareas de enseñanza (4,4%), o en servicios sociales y de salud (7,1%). Fuente: La Nación