El cuerpo está aquí, pero la mente vive en otra parte: en lo que no fue, en lo que pudo haber sido o en lo que nos gustaría que sucediera. Rara vez estamos verdaderamente en el presente, abrazando lo que ocurre mientras construimos nuestra vida. Nos desconectamos. Dejamos de vernos. Dejamos de sentirnos. Y, en la dificultad, en esos momentos incómodos o dolorosos, muchas veces nos abandonamos. Huimos de nosotros mismos. ¿Cuándo ocurre? Cuando dejamos de aceptar las consecuencias de nuestras decisiones; cuando el ruido externo se vuelve más fuerte que nuestra voz interna; cuando cambiamos propósito por urgencia, y valores por aprobación. Y, sin propósito, la vida pesa. No es solo filosofía, también es neurociencia. Diversos estudios sobre bienestar y longevidad han demostrado que las personas con sentido de propósito suelen vivir mejor, enfermar menos, presentar menores niveles de depresión y recuperarse con mayor fortaleza frente a la adversidad. El propósito funciona como una brújula interna. Lo contrario también es cierto: sin un “para qué”, cada día puede sentirse cuesta arriba. El cerebro entra en modo amenaza y todo cansa más. Vivir sin habitarnos puede verse así: Pasado: rumiamos lo que no hicimos y aparece la culpa. Futuro: nos invade la ansiedad por lo que “debería ser”. Presente: lo esquivamos. Scrolleamos, trabajamos en automático, nos anestesiamos. Estamos, pero no habitamos. El regreso a casa: Ikigai y Naikan Para volver a habitarnos no necesitamos irnos a un retiro de un mes. Necesitamos una mirada más amable y las preguntas correctas. Ikigai: recordar para qué te levantas El Ikigai no consiste simplemente en “encontrar tu pasión”. Es algo más profundo y, al mismo tiempo, más simple. Esta filosofía japonesa invita a mirar el cruce entre aquello que amas, aquello en lo que eres bueno, aquello que el mundo necesita y aquello por lo que puedes recibir una retribución. Pero el camino empieza con una pregunta esencial: ¿qué harías aunque no te pagaran? También puede iniciar con otra: ¿qué te hacía perder la noción del tiempo cuando eras niño? Ahí suelen aparecer pistas importantes. El propósito no siempre se inventa; muchas veces se recuerda. Está enterrado bajo los “debería”, las expectativas externas y las urgencias de la vida cotidiana. Naikan: la práctica de la mirada amable El Naikan es un método japonés de autorreflexión basado en tres preguntas sencillas, pero profundas: ¿Qué he recibido hoy? De otros, de la vida, de mi cuerpo. ¿Qué he dado hoy? A otros, a mí mismo, a mi propósito. ¿Qué problemas o dificultades he causado? Sin culpa, pero con responsabilidad. Esta práctica nos baja del relato de víctima y nos reconecta con la realidad, la gratitud y la responsabilidad personal. Nos muestra que no estamos tan solos, ni somos tan poco. Es una forma de dejar de pelear con lo que es, para empezar a construir desde ahí. También te puede interesar: La detección temprana puede cambiar futuro renal de un paciente Reconectar es volver a los valores Cuando nos desconectamos, traicionamos dos cosas: nuestros valores y el valor de los demás. Dejamos de actuar desde lo que creemos y empezamos a reaccionar desde el miedo. Dejamos de ver al otro y comenzamos a mirar únicamente aquello que sentimos que nos falta. En CreandoBiEm lo vemos todos los días. En nuestros programas de desarrollo personal no trabajamos desde la motivación vacía, sino desde una estructura que ayuda a las personas a volver a habitarse. Claridad de propósito: con herramientas de Ikigai aplicadas a la vida real. No para una publicación en redes sociales, sino para el lunes a las 8 de la mañana. Práctica de Naikan: para dejar de huir del presente y aprender a abrazar lo incómodo con mayor amabilidad. Ahí también ocurre el crecimiento. Reconexión con valores: los propios y los de los demás. Porque sin vínculo, el propósito se seca. Nadie se salva solo. Volver a habitarnos es aceptar tres cosas: Acepto lo que fue. No puedo cambiarlo, pero puedo aprender. Acepto lo que es. Aunque duela, es mi punto de partida. Elijo lo que será. Desde mis valores, no desde mi herida. El sentido no aparece de forma mágica: se construye. Se cultiva en cada decisión pequeña de estar presente. En cada momento en que elegimos no abandonarnos cuando la vida se vuelve difícil. Como ejercicio final, antes de dormir, hazte una sola pregunta de Naikan: ¿Qué recibí hoy que no agradecí? Si encuentras una respuesta, ya empezaste a habitarte de nuevo. Por: Camila Matus D., Experta en bienestar empresarial - www.creandobiem.com