No es secreto que la visión artística fue un don dentro de la familia Guayasamín. Las pinturas, esculturas y toda la esencia que evoca de la creatividad de Oswaldo (1919-1999) enamoraron a más de uno, y fue aclamada por millones a través de sus exposiciones alrededor del mundo. Sin embargo, en el año 89 tuvo la idea de que hacía falta un espacio que reúna su travesía, sus obras e ideas, pero, según sus palabras, también faltaba un centro que abrace la trayectoria de la humanidad desde sus principios hasta la actualidad. En sí, Ecuador y Latinoamérica requerían un templo alejado de la idea de aclamar a dioses, seres superiores o ideas precoloniales. Requerían de una Capilla encargada de homenajear al ser humano, a sus pueblos y a su identidad. Los inicios Era 1994. El arte que guiaba a la arquitectura ecuatoriana, desgraciadamente, empezaba a cesar. El modernismo ya no era una realidad en el país, pero en el arte y la identidad de los pueblos empezaba a fluctuar la necesidad de Oswaldo Guayasamín en encontrar un templo que evoque el sufrimiento y las necesidades de los pueblos latinos. En 1989, el pintor anunció su deseo de construir la Capilla del Hombre. Se presentó a la UNESCO este proyecto y el Director General de entonces, Federico Mayor Zaragoza, lo acogió con supremo interés, catalogándolo como “el de mayor trascendencia cultural en la región”. Sin embargo, no fue hasta diciembre del 94 que el artista encontró -impensablemente- en su sobrino el arma adecuada para levantar su icónico templo. En ese diciembre, emergió la figura de Handel Guayasamín, un arquitecto que rozaba ya las cuatro décadas, emprendía la construcción de obras impactantes y de alta envergadura. Él se encontraba en la presentación de ‘Casa Cueva’, el hogar del entonces embajador de Ecuador en Francia. La estética maravillosa de esta obra presentaba modelos experimentales, en el que la tierra fue su principal componente. “Toda la obra fue hecha a mano, ese era su principal distintivo”, señala Handel. Mientras las felicitaciones de los asistentes iban y venían, las risas rebotaban entre las paredes y el sudor, producto del alcohol, empezaba a fluctuar; Handel conversaba con un colega. A su vez, en un espacio aledaño a la sala, Oswaldo Guayasamín llegaba a Casa Cueva. Su figura no pasaba desapercibida, pues la talla que acompañaba a su nombre era imponente. Se asombró por la estética de la casa, la técnica, y la ejecución. De un momento a otro se paró en el medio de un espacio -llamando la atención de todos- y pidió conocer al arquitecto. Sus cercanos le contaron que era su sobrino. ¿Cuál?, se preguntó Oswaldo -debido a que tenía diez hermanos y varios sobrinos-. La figura de Handel fue señalada por el dedo de un conocido, y Oswaldo vislumbra quién era ese impecable arquitecto. “Yo conocía a mi tío, pero los problemas familiares no son ajenos ni para los apellidos con fama. Él se peleó con mi padre, y desde ese momento no volvimos a tener relación”, cuenta Handel. Aclara que el momento fue incómodo, ya que entre las algarabías, Oswaldo le ofreció ser el arquitecto principal de la Capilla del Hombre. Handel lo dudó, especialmente por su padre Gustavo Guayasamín Calero. Acudió a preguntarle si su eventual colaboración alteraría o afectaría aún más su relación, pero al no tomarla como algo negativo, aceptó. A inicios de 1995, Handel Guayasamín sería declarado como el arquitecto a cargo de la Capilla del Hombre y, a partir de ahí, una historia de identidad, empezaría. Su construcción En el proceso de construcción, Handel sabía que adquirir la esencia de la humanidad, la cosmovisión de los pueblos latinoamericanos y su sufrimiento era clave en la puesta en marcha de la Capilla del Hombre. Es por eso que dentro de todos los bocetos realizados por arquitectos catalanes, cubanos y colombianos, hizo del estudio de Oswaldo su oficina durante más de siete meses. Ahí, mientras el artista planificaba su nuevo arte, Handel desarrolló el templo. La obra tiene dos etapas, según cuenta Handel. En 1995 se pone la primera piedra, mientras que la obra empieza un año después y dura hasta 1999 mientras Oswaldo aún seguía con vida. “Esa fue una etapa de una minga cultural y latinoamericana, ya que incluso hubo un apoyo inicial del Gobierno de Mahuad. Sin embargo, ese fondo se redujo en terceras cuartas partes. Esto llevó como resultado a la organización del concierto más grande del Ecuador: ‘Todas las Voces Todas’”, señala. Más de 10.000 personas se reunieron en el Coliseo Rumiñahui durante tres días para escuchar a los principales cantautores de Iberoamérica. Todo lo recaudado se donó a la Fundación Guayasamín para la ejecución de la Capilla del Hombre. Esto fue toda una minga, una gestión a pulmón. Tras la muerte de Oswaldo, y una suspensión de casi tres años, y la construcción se retoma en 2002, año en el que culminó. “En el mundo hay catedrales y basílicas para los dioses. Yo quiero que este sea el templo para la humanidad. Esta fue la visión de Oswaldo. Mientras que la idea arquitectónica fue poner una impronta de piedra en medio del cerro. Así se creó una pieza de arquitectura contemporánea con raíces milenarias” Arq. Handel Guayasamín Puntos claves Si bien Handel fue el arquitecto encargado de la obra y supervisó el diseño, la construcción se llevó a cabo por más de 30 obreros durante los años de trabajo. A estos se sumó la figura del ingeniero Diego Robalino que se encargó de construir la capilla como tal. Al momento de poner el proyecto a concurso, Handel destaca la capacidad y confianza estructural que Diego mostró, ya que mientras los demás candidatos planificaban la implementación de cuatro columnas como apoyo estructural dentro del templo, Diego apostó por una estructura -en la planta superior- cuadrada de 30x30 metros sin apoyos capaz de soportar a 1200 personas y una carga viva de 1800. ¿Cómo? los soportes están en el perímetro, cada una de las uniones funciona como un soporte que permite que la piedra logre sostenerse. Su resistencia es tal que cuenta con bolas de acero aguantan hasta un sismo de 10 grados de magnitud. En la parte superior, la capilla cuenta con una losa que también soporta el cono que recibe el ingreso del sol. En cuanto al pasamanos de la parte superior, se realizó con vigas de madera que fueron armadas una por una para lograr una armonía que refleje sobriedad. Y, lo más importante de todo, con materiales locales que reflejen identidad. En esta minga cultural que llevó la consecución de la capilla del hombre, varios países donaron materiales. El cobre del cono fue donado, al igual que algunos retazos de madera y acero. Arquitectura de la Capilla del Hombre La Capilla del Hombre tiene un área aproximada de 4000 metros cuadrados de construcción. Está dividida en dos plantas: La Primera Planta corresponde a la Sala Contemporánea, tiene un piso hecho en Chanul (madera utilizada en América desde el siglo XIX); El Subsuelo corresponde a la Sala Prehispánica, tiene un piso hecho en piedra Laja (roca negra volcánica utilizada en los Templos del Sol). El piso de los pasillos o cámaras laterales de la Sala Prehispánica tiene Tejuelo o Gres de arcilla cocida, que era el material utilizado en templos y capillas Católicas. Posicionado astronómicamente y con una arquitectura claramente andina, que evoca los precedentes arquitectónicos producidos por los pueblos originarios, hace más de tres mil años, la Capilla del Hombre se ha convertido en uno de los edificios culturales de mayor significación identitaria del continente, tanto por su arquitectura como por la obra de arte que en ella se exhibe. La Capilla del Hombre es como una gran piedra, de gran simbolismo, colocada en el paisaje andino. Evoca la presencia sin tiempo de las diferentes culturas, la resistencia cultural a la enajenación y, la permanencia y persistencia de la cosmovisión y valores fundamentales, como pueblos, como etnias, como culturas. Su presencia monolítica, su cono-cerro metálico que hiere el paisaje y el luminoso cielo andino, por el que ingresa la luz solar uniendo el cielo con el suelo, los dioses con los humanos y el sol con el fuego, constituyen los argumentos y a la vez la fortaleza de esta propuesta arquitectónica, contenedor austero y silencioso de la obra del maestro Guayasamin, en Quito, en el cerro de Guangüiltagua, en la ciudad del sol, a tres mil metros de altura, en la mitad del mundo y del tiempo. Las salas de exhibición constituyen “Cajas Ciegas”, es decir espacio sin ventanas que permiten al visitante concentrar su atención en la obra tanto arquitectónica como pictórica, sin distraerse con los elementos del exterior.