Mariela pensó que emprender un negocio propio estaba fuera de sus manos y que, al haber salido de su país con más de 40 años, ya había perdido su oportunidad de seguir siendo emprendedora. Pero un programa le brindó una vez más la esperanza de soñar con un futuro más brillante. “La idea es que montemos empresas y que sean fuertes, firmes, no que duren un año, sino que sigan adelante,” dijo la venezolana, sosteniendo con orgullo un sobre de flan en polvo, el producto que hoy le permite sustentar a su familia. Y es que ni las inclemencias del clima ni las horas interminables en las carreteras le quitaron a Mariela el ímpetu y coraje para buscar oportunidades que le permitieran recuperar las ambiciones que tuvo que dejar en Venezuela. Como ella, más de seis millones de personas refugiadas y migrantes han salido de Venezuela; un poco más de medio millón ha buscado en Ecuador un lugar seguro en donde rehacer sus vidas. En el país latinoamericano vive el tercer número más alto de personas refugiadas y migrantes de Venezuela. Un cuarto del total de personas tiene un título de educación superior y, como Mariela, tienen el potencial de contribuir significativamente a la economía local. Seis años atrás, ella y su familia tomaron algunas pertenencias básicas, las metieron en una maleta, que luego se convertiría en uno de los últimos recuerdos de su país natal, y emprendieron un viaje sin fecha de retorno hacia Ecuador. Así, empezó desde cero en un lugar nuevo, únicamente con el conocimiento y experiencia que le habían dejado ocho años de trabajo en la producción de alimentos. La familia se estableció en Ambato, una ciudad que la recibió no solo con una cultura diferente, sino con el reto de reinventarse para poder satisfacer sus necesidades. “Iba a las entrevistas (de trabajo), armé mi currículum, pero la gente ve mucho la edad. Entonces, me decían ‘le vamos a llamar’ y, la verdad, nunca me llamaron”. Mariela dejó a un lado las hojas de vida e inicialmente emprendió en el arte de la bisutería. Con los accesorios que elaboraba y vendía a sus conocidos podía pagar algunas facturas, pero este primer intento de microemprendimiento no tuvo frutos significativos. Sin embargo, su situación cambió cuando un conocido le habló de la Corporación de Desarrollo de Ambato y Tungurahua (Corpoambato), una agencia de desarrollo local apoyada por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, que cambiaría el rumbo de su negocio. Aunque pensativa por la documentación de identidad que le podrían pedir allí, ya que su pasaporte estaba vencido y no podía acceder a ninguna visa para regularizar su situación migratoria, solicitó apoyo a Corpoambato para mejorar su emprendimiento. Así fue como entró a formar parte del programa ‘Aprendiendo a Emprender’, donde 35 personas refugiadas, solicitantes de asilo y ecuatorianas, han adquirido conocimientos sobre cómo elaborar un producto mínimo viable, manejar su contabilidad, generar planes de marketing y otras herramientas útiles para sus negocios. “Todos esos talleres informativos que nos van introduciendo en ese campo del mercadeo, para mí ha sido fabuloso,” dijo Mariela. “Ahora ya sé cómo sacar mi precio valor unitario, cómo voy a calcular mi margen de ganancia.” Encontrar su producto le tomó algún tiempo. Pasó de la bisutería al enjuague bucal, pero al final decidió irse por la rama en que más experiencia tenía: producción de alimentos. Así fue como creó el flan “Akira”. Mariela introdujo un ingrediente local (quinua), con ánimo de convertir su producto en algo único que fusionase sabores ecuatorianos y venezolanos. Asimismo, para diferenciarse de otros flanes similares, creó cuatro sabores: flan de tiramisú, flan de choco vainilla, de café amaretto y de cereza. Su experiencia en “Aprendiendo a Emprender” no sólo le dejó conocimiento y un producto que llega a las mesas de los hogares ambateños. También le ha ayudado a crear comunidad con amigos y amigas micro emprendedoras con quienes comparte la visión de aportar a la economía local y generar empleos en más familias. “Uno se va enterando de personas que quieren salir adelante y al reunirnos ahí en Corpoambato, empezamos a tener como esa esperanza de que vamos a poder lograr algo, que estamos creando un grupo de apoyo”. Con su distintivo optimismo, Mariela espera que su empresa ayude a emplear a otras personas, sin mirar su nacionalidad y priorizando contratar a mayores de 45 años, quienes encuentran más dificultades para acceder al mercado laboral. Todo ello con el fin de levantar una empresa donde el bienestar de los y las trabajadoras esté por encima de todo. “Las personas refugiadas y otras en movilidad humana tienen un potencial enorme de contribuir a la economía con sus habilidades, ideas y cultura,” dijo Giovanni Bassu, Representante de ACNUR en Ecuador. “Este programa les abre las puertas para usar sus habilidades de manera productiva y que, eventualmente, puedan volverse autosuficientes.” “Mi sueño es tener una propiedad en Ecuador, que cuando llegue a una edad adulta, ya no esté preocupada (…), tener mi techo y una estabilidad económica,” agregó Mariela. Así como Mariela, muchas personas refugiadas esperan una oportunidad para poner en práctica los conocimientos que adquirieron en sus países y hacer de su comunidad de acogida, un lugar mejor.