Aunque la IA lleva décadas operando tras bambalinas, el lanzamiento de ChatGPT en 2022 la llevó al centro del debate público. Desde entonces, los chatbots como ChatGPT y Gemini han comenzado a integrarse en servicios cotidianos —buscadores, redes sociales y comercio electrónico—, transformando la forma en que accedemos a internet. En 2025, su impacto trascendió las pantallas y se hizo sentir en la política, el comercio internacional y los mercados financieros, al tiempo que surgieron dudas sobre cuánta confianza debemos depositar en esta tecnología en el trabajo, la educación y las relaciones personales. Todo indica que esta tendencia continuará en 2026. Ese mismo año, el debate sobre la regulación se intensificó. El presidente Donald Trump impulsó una agenda pro-IA centrada en reducir controles y ampliar su uso gubernamental, apoyado por grandes empresas tecnológicas. Sin embargo, la falta de salvaguardas generó preocupación, especialmente tras denuncias que vinculan el uso de chatbots con problemas de salud mental en adolescentes y adultos. Las empresas tecnológicas respondieron con nuevos controles parentales y medidas de seguridad, pero expertos advierten que los riesgos persisten, sobre todo entre usuarios jóvenes. A esto se suma una creciente inquietud por la dependencia emocional y la desconexión de la realidad que algunos usuarios desarrollan al interactuar con la IA. En paralelo, las inversiones en infraestructura de inteligencia artificial se dispararon. Gigantes como Meta, Microsoft y Amazon han destinado decenas de miles de millones de dólares a centros de datos, alimentando tanto el optimismo del mercado como el temor a una burbuja. Analistas señalan que una corrección es probable, aunque en los próximos años habrá más datos para medir el impacto real de la IA en la productividad y el empleo. Mientras tanto, miles de trabajadores tecnológicos han sido despedidos en procesos de reestructuración vinculados, en parte, a la adopción de la IA. Algunos ven en esto una amenaza para el empleo; otros, una oportunidad de transformación. Lo único claro es que la inteligencia artificial seguirá provocando cambios profundos —económicos, sociales y humanos— en los próximos años.