En un contexto de cambio climático y eventos extremos cada vez más frecuentes, la forma en que ocupamos el territorio se convierte en un factor determinante de riesgo. Inundaciones urbanas, deslizamientos en laderas intervenidas, islas de calor y escasez de espacios públicos de calidad no son fenómenos aislados, sino consecuencias acumuladas de decisiones estructurales sobre el paisaje. Según Luis Ochoa, docente de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), el paisaje debe entenderse como infraestructura estratégica y no como un elemento ornamental. “El paisaje estructura la ciudad. Regula el agua, mejora la calidad del aire, articula el espacio público y fortalece el tejido social. Cuando lo fragmentamos o lo ignoramos, debilitamos todo el sistema urbano”, señala. También te puede interesar: Colineal Outdoor: una nueva línea de muebles para exteriores de Colineal En ciudades como Quito, Guayaquil, Cuenca o Manta, la presión inmobiliaria ha reducido áreas permeables y corredores ecológicos, afectando la capacidad natural de absorción del suelo y aumentando la vulnerabilidad frente a lluvias intensas. La ocupación de quebradas, la canalización rígida de ríos y la disminución de cobertura vegetal agravan estos escenarios. En respuesta a esta realidad, el país ha incorporado avances normativos importantes, como el reconocimiento constitucional de la naturaleza como sujeto de derechos. Un caso emblemático fue el fallo judicial de 2024 a favor del Río Machángara en Quito, que marcó un precedente en materia de justicia ambiental y recuperación de ecosistemas urbanos. Sin embargo, la efectividad de estos avances depende de su aplicación sostenida y de la articulación entre planificación urbana, gestión ambiental y participación ciudadana. Incorporar infraestructura verde y azul, recuperar riberas, proteger humedales, promover pavimentos permeables y fortalecer el espacio público no debe ser una medida complementaria, sino parte central de la política urbana. Ochoa sostiene que la transformación no puede limitarse a intervenciones aisladas o proyectos piloto. “Retejer relaciones implica cambiar la manera en que concebimos el territorio. La ciudad no está separada de la naturaleza; forma parte de ella. Planificar con esa conciencia es una condición para la resiliencia y la equidad”. También puedes leer: MrBeast construyó dos escuelas en la Amazonía ecuatoriana El paisaje, entendido como sistema vivo que integra lo ambiental, lo social y lo cultural, representa una oportunidad para reconstruir vínculos y reducir vulnerabilidades. Mientras continúe siendo tratado como reserva de expansión o superficie disponible para urbanizar, las ciudades seguirán acumulando riesgos. Reconocer su valor estratégico es un paso hacia una ciudad más equilibrada, donde el desarrollo no signifique ruptura, sino integración. Retejer la relación entre personas y territorio no es una aspiración estética; es una necesidad estructural para garantizar calidad de vida y sostenibilidad en el Ecuador.