Las actividades agropecuarias se cuentan entre uno de los factores que más contribuyen al cambio climático, ya que emiten más gases de efecto invernadero que todos los coches, camiones, trenes y aviones juntos, principalmente por el metano que desprenden el ganado y los arrozales, el óxido nitroso de los cultivos fertilizados y el dióxido de carbono derivado de talar bosques para cultivar la tierra o criar ganado. También te puede interesar: Finlandia construye la bomba de calor más grande del mundo para abastecer a 30.000 hogares Asimismo son las principales consumidoras de nuestras valiosas reservas de agua dulce y una importante fuente de contaminación, ya que los fertilizantes y el estiércol transportados por la escorrentía alteran el frágil ecosistema de lagos, ríos y costas en todo el mundo. Además, la agricultura y la ganadería aceleran la pérdida de biodiversidad. Cuando despejamos praderas o talamos bosques para destinar el suelo a usos agropecuarios, perdemos hábitats de vital importancia, por lo que estas actividades son uno de los principales motores de la extinción de especies salvajes. Los cambios medioambientales causados por el sector agropecuario son enormes y no hacen más que aumentar en todo el mundo, a medida que la necesidad de alimentos se vuelve más acuciante. Para mediados de siglo probablemente tendremos 2.000 millones de bocas más que alimentar, cuando la población mundial alcance los 9.000 millones. b La difusión de la prosperidad en todo el globo, en especial en China y la India, está impulsando una mayor demanda de carne, huevos y lácteos, lo que a su vez incrementa la presión para producir más maíz y soja destinados a piensos para el ganado vacuno, porcino y avícola. Si estas tendencias se mantienen, el impacto doble del crecimiento poblacional y las dietas con mayor componente animal nos obligarán prácticamente a duplicar la producción agrícola para 2050. 1. Congelar la huella de la agricultura La huella de la agricultura y la ganadería ha causado la pérdida de ecosistemas enteros en todo el planeta, incluidas las praderas de América del Norte y el bosque atlántico de Brasil, y se siguen talando bosques tropicales a un ritmo alarmante. Pero ya no podemos permitirnos aumentar la producción de alimentos mediante la expansión agrícola. Convertir bosques tropicales en tierras de usos agropecuarios es una de las acciones más destructivas para el medio ambiente, y no suele hacerse pensando en los 850 millones de personas que aún pasan hambre en el mundo. La mayoría de los bosques que se talan en los trópicos con fines agrícolas no contribuyen a la seguridad alimentaria del planeta, sino que se destinan a la ganadería o a la producción de soja para alimentar el ganado, madera o aceite de palma. 2. Producir más en tierras ya cultivadas Ahora se puede aumentar el rendimiento de los campos menos productivos, sobre todo en África, América Latina y Europa del Este, donde existen «brechas de rendimiento» entre la producción actual y la que sería posible si se aplicaran prácticas agrícolas mejoradas. Usando sistemas de agricultura de alta tecnología y precisión, y métodos prestados de la agricultura ecológica, en algunos de esos lugares podríamos multiplicar varias veces el rendimiento de los cultivos. 3. Hacer un mejor uso de los recursos La agricultura comercial ha empezado a lograr avances, con métodos innovadores para gestionar mejor la aplicación de fertilizantes y pesticidas mediante el uso de tractores computarizados equipados con sensores avanzados y GPS. Muchos productores usan mezclas de fertilizantes especialmente concebidas para las condiciones concretas de sus campos, lo que reduce las sustancias químicas arrastradas por escorrentía a los ríos cercanos. La agricultura ecológica también puede reducir mucho el uso de agua y agroquímicos al incorporar cultivos de cobertura, mantillo y compost para mejorar la calidad del suelo, conservar el agua y aumentar el contenido de nutrientes. Muchos agricultores también hacen un uso más racional del agua y sustituyen sistemas de riego poco eficientes por métodos más precisos, como el riego por goteo subsuperficial. 4. Adaptar la dieta Sería más fácil alimentar a 9.000 millones de personas en 2050 si un mayor porcentaje de nuestros cultivos acabará en la mesa. En la actualidad, solo el 55 % de las calorías cultivadas en el mundo alimentan directamente a las personas; el resto da de comer al ganado (alrededor del 36 %) o se convierte en biocombustibles o en productos industriales (en torno al 9 %). El desarrollo de métodos más eficientes para criar animales y la adopción de una dieta menos carnívora (incluso aunque hagamos un cambio tan nimio como sustituir la carne de vaca alimentada con grano por carne de pollo, de cerdo o de vaca alimentada con hierba) dejarían cantidades sustanciales de alimento disponibles para el consumo humano. 5. Reducir el despilfarro Se calcula que el 25 % de las calorías alimentarias producidas en el mundo y hasta el 50 % del peso total de la producción de alimentos se desaprovechan o se pierden antes de llegar al consumidor. En los países ricos, buena parte de ese desperdicio se produce en los hogares, restaurantes y supermercados. En los países pobres muchos alimentos se pierden entre el agricultor y el mercado, por culpa de unos sistemas poco fiables de almacenamiento y transporte. Los consumidores de los países desarrollados podrían disminuir el despilfarro con medidas tan sencillas como reducir las porciones, aprovechar las sobras y fomentar en cafeterías, restaurantes y supermercados prácticas que reduzcan los residuos. También puedes leer: Científicos de UBC desarrollan nueva herramienta que te dice cuánto microplástico estás bebiendo en minutos Estos cinco pasos, combinados, podrían más que duplicar las reservas alimentarias del mundo y reducir de forma espectacular el impacto de la agricultura sobre el medio ambiente. Pero no será fácil. Estas soluciones requieren un cambio fundamental en nuestra forma de pensar. Durante la mayor parte de nuestra historia nos hemos guiado por el imperativo de dedicar más suelo a la agricultura, obtener más cosechas y consumir más recursos. Ahora tenemos que encontrar un equilibrio entre una mayor producción de alimentos y la preservación del planeta. Fuente: National Geographic