En la década de los 60s, el creciente temor al aumento de la población y la producción insuficiente de alimentos dio lugar a la proliferación de variedades de semillas de alto rendimiento, técnicas agrícolas modernas y una gestión adecuada del suelo en todo el mundo. Gracias a esta “Revolución Verde” la producción de alimentos en los países en desarrollo se triplicó, la pobreza rural se redujo a la mitad, la proporción de personas desnutridas bajó del 30% al 18% y los precios promedios de la comida cayeron por 76% en pocos años. Sin embargo, la alimentación sigue formando parte del panorama de la desigualdad. Mientras que el 20% más rico de las personas en el mundo come el 50% de la proteína animal, el 20% más pobre come sólo el 5%. Incluso si muchos países en desarrollo se dedican, principalmente, a la producción agrícola, la disparidad en el acceso a la nutrición demuestra que ser productor de alimentos no se traduce en una nutrición adecuada para sus ciudadanos. Irónicamente, debido a un comercio altamente globalizado de productos alimenticios, el desayuno promedio en un país de Europa occidental acumula suficientes millas en la cadena de suministro para dar la vuelta a la Tierra. Los críticos señalan que los subsidios agrícolas son los culpables de hacer que las cadenas mundiales de suministro de alimentos sean más baratas que los productos cultivados localmente. El comercio no ocurre sin un costo ambiental: cada kg de alimentos transportados en el mundo genera un promedio de 10 kg de emisiones de CO2. Sin embargo, el precio de los alimentos está menos relacionado con los costos e impactos de la distribución que con el costo de los insumos para producirlos. La agricultura industrializada consume mucha energía. Las prácticas modernas se centran en fertilizantes químicos basados en nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K), que son los nutrientes básicos del suelo y se denominan NPK. La fabricación de estos insumos se basa en amoniaco extraído del gas natural, y la producción de un solo kg de fertilizante nitrogenado utiliza el equivalente a 2 litros de diésel, lo que da como resultado el uso anual de casi 200 mil millones de litros de diésel para fabricar insumos químicos para el enriquecimiento de suelos. No debería sorprender que existan fuertes correlaciones entre el precio de granos como el maíz y el precio del petróleo. La producción de alimentos no solo consume mucha energía, también es un sumidero de energía. Un m3 de tierra contiene 30.000 protozoos, 50.000 algas, 400.000 hongos y miles de millones de bacterias individuales que hacen que el suelo sea fértil. Pero debido al monocultivo, la saturación de fertilizantes químicos y la destrucción de la biodiversidad, los suelos agrícolas están perdiendo su capacidad de recuperación y requieren cantidades mayores de insumos químicos. La pérdida de diversidad se refleja mejor en el hecho que de + 80.000 plantas comestibles, de las cuales 3.000 se han consumido constantemente a lo largo de la historia de la humanidad, contamos con ocho cultivos para proporcionar el 75% de los suministros alimenticios mundiales. Estas pocas especies de plantas cambiaron la forma en que se practica la agricultura en el mundo. Más de 2.000 millones de personas dependen actualmente de 300 millones de animales de tiro para producir el 50% del suministro mundial de alimentos. Para lograr mayores rendimientos agrícolas y precios más competitivos en los mercados globales, la maquinaria está reemplazando a estos animales, haciendo que más agricultores dependan de las piezas de las máquinas y los combustibles, lo cual aumenta la energía necesaria para lograr los mismos resultados. Además, una granja típica en EE.UU.gasta 176 veces más energía que una granja tradicional en México del mismo tamaño. Incluso cuando se tiene en cuenta su mayor productividad, se utiliza 33 veces más energía para lograr el mismo rendimiento. Debido a que la agricultura ocupa el 38% de la superficie terrestre y casi toda la tierra cultivable ya está siendo explotada; la deforestación es un problema creciente. La agricultura ha provocado la destrucción del 70% de los pastizales, el 50% de las sabanas, el 45% de los bosques caducifolios y el 27% de las selvas tropicales. La rápida expansión de las tierras agrícolas y el aumento de 500 veces en el uso de fertilizantes en los últimos 50 años creó una situación precaria que amenaza la capacidad de recuperación humana a largo plazo. El futuro de la humanidad en la Tierra requiere una nueva forma de pensar. Los vínculos entre los sistemas alimentarios, energéticos y financieros deben analizarse a fondo a medida que la seguridad alimentaria, el ambiente y la energía se entrelazan cada vez más en una danza peligrosa, con miles de millones de vidas en juego. Debemos estar dispuestos a hacer inversiones y sacrificios hoy para lograr una verdadera sostenibilidad y esto requerirá una forma diferente de entender nuestro papel en el planeta que quizás se capte mejor en el proverbio nativo americano que dice: "No heredamos la tierra de nuestros antepasados, la tomamos prestada de nuestros hijos". Ver también: ➤ La cultura de cumplimiento corporativo: un medio para combatir la corrupción ➤ Sin mujeres no hay futuro ➤ Clausura y premiación “Alrededor de Iberoamérica 2021” Por _ Pablo Freund