Belice se enfrentaba a un colapso económico. La pandemia había sumido al país en la peor recesión de su historia,y había puesto al gobierno al borde de la quiebra. Pero la solución llegó de forma inesperada. Una bióloga marina local ofreció al primer ministro, Johnny Briceño, una propuesta novedosa: su organización sin fines de lucro le haría un préstamo al país para pagar a sus acreedores, si su gobierno accedía a destinar parte de los ahorros que este acuerdo generaría a preservar sus recursos marinos. También te puede interesar: La guerra en Ucrania resulta mortal para miles de delfines en el Mar Negro Para Belice, eso significaba sus océanos, sus manglares en peligro y sus vulnerables arrecifes de coral. El acuerdo resultante, conocido como bonos azules, es un ejemplo de un enfoque novedoso que ha permitido a un número cada vez mayor de países en desarrollo reducir su deuda invirtiendo en conservación, lo que les otorga un papel más importante en la lucha contra el cambio climático. “Nos dio un respiro”, dijo Briceño. “En vez de los tenedores de bonos, ahora pagaremos para proteger nuestro medioambiente”. En palabras simples, los bonos azules son el equivalente a refinanciar una hipoteca. Al igual que otros países del mundo, Belice ha financiado su gasto público en parte mediante la venta de bonos internacionales, un tipo de deuda que permite a los gobiernos obtener capital, pero que a menudo los obliga a pagar altos intereses durante décadas. En el marco del acuerdo de los bonos azules, Nature Conservancy, una organización sin fines de lucro con sede en Virginia, prestó a Belice más de USD 350 millones para que el país centroamericano pudiera recomprar bonos internacionales por valor de más de USD 500 millones. Nature Conservancy financió el préstamo a través del banco Credit Suisse, con sede en Zúrich, que recaudó el dinero al vender nuevos bonos a clientes que buscaban productos financieros respetuosos con el medioambiente. El acuerdo liberó más de USD 200 millones, es decir, casi una décima parte de la producción económica anual de Belice, para destinarlos a otros ámbitos. A cambio, Belice aceptó designar el 30% de sus aguas como protegidas, lo que limitó el alcance de actividades como la pesca y la construcción. También se comprometió a gastar USD 4,2 millones al año en la conservación de la biodiversidad de estas zonas. Los defensores del acuerdo esperan que los incentivos financieros y climáticos ayuden a los países pequeños o pobres a escapar de los retos interrelacionados de la deuda excesiva y la degradación medioambiental, al abrir una vía de crecimiento sostenible. Belice y Nature Conservancy intentan preservar un medioambiente amenazado por el aumento de la temperatura del agua, la erosión de las playas, la construcción y la sobrepesca. Sin embargo, los esfuerzos de conservación a menudo, chocan con las crecientes necesidades económicas de las vitales industrias turística y pesquera de Belice, lo que pone de manifiesto los retos de la financiación medioambiental. Ahora una docena de guardias patrullan las aguas del atolón, y comprueban las licencias de pesca y el tamaño de las langostas capturadas para proteger las poblaciones. Dicen que necesitan más combustible, personal, radios y armas para proteger mejor la reserva. Debido a la escasez de combustible, los guardacostas destacados en el atolón rara vez salen de su puesto. “Si contamos con los recursos necesarios, podremos alcanzar el equilibrio adecuado en el ecosistema”, dijo Valdemar Andrade, administrador de la reserva. Nature Conservancy cerró su tercer acuerdo de bonos azules en septiembre con Barbados, otro pequeño país caribeño abrumado por las deudas y que se enfrenta a las amenazas del cambio climático. Países con economías más grandes, como Ecuador y Sri Lanka, han hecho propuestas similares de canje de deuda. Funcionarios gubernamentales y grupos ecologistas esperan que la propagación de este tipo de acuerdos haga que el cambio climático sea un factor en la forma en que los inversores privados, las organizaciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y los acreedores soberanos como China prestan y recuperan billones de dólares de las naciones más pobres. También te puede interesar: Países quieren multiplicar por diez capacidad eólica en mar del Norte en 2050 Considerados durante mucho tiempo como un nicho de las finanzas mundiales, los llamados canjes de deuda por clima entraron en el sistema financiero tradicional durante la pandemia, ya que los bloqueos afectaron las economías y obligaron a los países en desarrollo a contraer nuevas deudas a un ritmo récord, mientras se reducían los ingresos necesarios para pagar los compromisos económicos. La idea de dar a los países en desarrollo algún tipo de condonación de la deuda a cambio de acciones climáticas comenzó en la década de 1980 como una forma de ayudar a proteger los bosques tropicales. La diferencia del modelo que ofrecen los bonos azules es que, en vez de dar a los países modestas reducciones de deuda de una sola vez, reúne los recursos de los mercados financieros mundiales para desbloquear nuevos fondos de conservación, dijo Gatchev, de Nature Conservancy. Fuente: New York Times