El estudio explica que el mecanismo es sencillo: los carbohidratos, particularmente los procesados, contienen azúcares que se almacenan en las células de grasa y se usan para acumular energía. “Si las células no lo utilizan completamente, el azúcar se queda allí, guardado, como grasa. Entre cada comida, mientras no comamos nada más, los niveles de insulina disminuyen y las células de grasa pueden liberar el azúcar acumulado para usarlo como energía. Perder grasa corporal es el resultado directo de dejar que los niveles de insulina caigan, es decir, de pasar algunas horas sin comer”. La idea del ayuno intermitente es dar tiempo a estos niveles para que bajen lo suficiente como para eliminar grasa. Tras diversos ensayos, el estudio determinó que “Solo cambiar el horario de las comidas, al comer más temprano en el día y extender el ayuno nocturno, benefició significativamente el metabolismo incluso en personas que no perdieron una sola libra”. Optar por horarios de 8 horas para alimentarse y 16 para que el cuerpo descanse, combinados con una dieta con un menú rico en vegetales ha probado ser la manera más efectiva de adelgazar, ya que el cuerpo se ajusta a su «reloj biológico», los ritmos circadianos. El ayuno intermitente nos permite estar sincronizados con el día y la noche. El metabolismo se adapta: en el día, se come, en la noche, se duerme. Recordemos que comer demasiado tarde en las noches se asocia con un riesgo más alto de obesidad y también de diabetes.