1. El panorama internacional: modernidad y contemporaneidad desde una perspectiva personal No se puede hablar de lo que no se conoce. Tampoco es posible reconocerse en algo que jamás ha sido aprendido. Aunque cada vez más mujeres están involucradas en el campo del diseño arquitectónico y la construcción, y las aulas de las carreras de arquitectura e ingeniería civil cada vez presentan más paridad; durante mucho tiempo, quienes estudiamos estas carreras recorrimos un camino desprovisto de referentes femeninos. Durante mi formación -me titulé en 2006- nuestros profesores de la carrera de arquitectura, mayoritariamente hombres, nos mencionaron someramente personajes como Lina Bo Bardi o Zaha Hadid. La primera siempre ejemplar; la segunda siempre dividida entre la controversia y la admiración. Fue en mi formación de cuarto nivel que empecé a ampliar mi conocimiento sobre arquitectas relevantes. Durante seis años, dedicada casi exclusivamente a la investigación que culminó con la tesis -y posterior libro- “Demolición: el agujero negro de la modernidad”, profundicé en las aportaciones tanto a la arquitectura como a la teoría de Alison Smithson. Su trabajo junto a Peter Smithson, y su capacidad de reflexión en múltiples escalas, consolidó mi interés por la vivienda, lo doméstico y el arte de habitar. Varios de sus textos y obras son ahora fundamentales para entender cómo una serie de fenómenos contemporáneos y de la cultura pop han moldeado los espacios y ciudades que habitamos. Al estudiar la vivienda de la modernidad me encontré con personajes que nunca había escuchado y que, aunque no los integré en mi investigación, comprendí su importancia como antecesoras de la generación protagonista de la segunda mitad del siglo XX. Antes de Le Corbusier, Eileen Gray había construido la primera casa moderna. Ella, mucho tiempo bajo el anonimato, pero él no puede entenderse sin conocer esta ópera prima. Ahora Gray brilla con luz propia como referente del Movimiento Moderno, al igual que Charlotte Perriand, también figura clave en el diseño de mobiliario del siglo XX. Por su parte, Margarete Schutte-Lihotzky revolucionó el espacio doméstico con la “cocina Frankfurt”, símbolo de la vida moderna, además de haber colaborado con Ernst May en el planeamiento de alrededor de 15.000 viviendas en Frankfurt. Para una lectura contemporánea de la vivienda moderna me sumergí en una serie de publicaciones de la española Beatriz Colomina; debo decir que no encontré modo más ameno pero conciso de entender las relaciones estrechas entre el Movimiento Moderno, la domesticidad, las guerras del siglo XX, la publicidad y el arte. Tuve la suerte de conocerla en Madrid en el año 2013, en una charla en la que amplió las perspectivas de esta publicación para entenderla en la contemporaneidad: un manifiesto ya ni siquiera debería parecer un manifiesto... “podría incluso producirse en la mesa de una cocina”, apuntaba Colomina desde su profundo conocimiento sobre el rol de la domesticidad en la producción arquitectónica. Más adelante, en el año 2014 empecé un viaje de (re) conocimiento y sin retorno. En la Madrid Roca Gallery tuvieron lugar cuatro conversatorios denominados “Espacios para arquitectas. Conversaciones en torno a la realidad”. Allí conocí en persona a una serie de mujeres que me permitieron reconocerme en ellas, como pares y referentes, como Atxu Amáan (España), Benedetta Tagliabue (Italia) y Anupama Kundoo (India). Todas ellas cuentan con una obra constante y potente a nivel internacional. Fue en el primer encuentro en el que consolidé, lo que hoy considero, mi camino al activismo desde una perspectiva académica. Inés Sánchez de Madariaga rompió mis esquemas cuando presentó datos estadísticos sobre la mujer en la universidad española, evidenciando grandes disparidades. Mostró las complejidades de la promoción profesional de las mujeres, la problemática de entornos laborales no adaptados y con frecuencia hostiles a personas con responsabilidades familiares, los estereotipos y sesgos de género; así como las prácticas historiográficas y de la crítica arquitectónica que han mitificado la figura de arquitecto que sistemáticamente ha invisibilizado a la mujer a través de la ocultación del trabajo colaborativo. Esta serie de encuentros propiciaron mi integración al proyecto “Un día una arquitecta”. De esta etapa de colaboración como redactora de biografías descubrí a varias figuras, quienes me ayudaron a entender la visión feminista contemporánea en la arquitectura y a preguntarme, si pasa esto en España, un país más avanzado en términos de inclusión, ¿qué pasa en Ecuador? 2. ¿Y los referentes locales? El último perfil que redacté fue el de María Augusta Hermida, actual rectora de la Universidad de Cuenca, a quien ya conocía por su obra arquitectónica. Allí empecé a preguntarme ¿dónde están las arquitectas ecuatorianas? ¿De quién seguimos los pasos? Parecía que la mujer en la arquitectura había empezado a tener espacio en Ecuador recién a partir de los 2000 y que no contabámos con más que con algunos perfiles jóvenes y de escasa trayectoria. Con la experiencia previa y estas preguntas en mente iniciamos con Néstor Llorca la investigación sobre la primera mujer en ejercer la arquitectura en el Ecuador. En 2019 publicamos el artículo “Ethel Arias Duarte: la incursión de una uruguaya en la arquitectura ecuatoriana” en la revista uruguaya Anales de Investigación en Arquitectura. Casi paralelamente, junto a María José Freire iniciamos la investigación “Pioneras de la arquitectura ecuatoriana”. Los primeros resultados fueron publicados en la revista brasilera Estudos Feministas en 2019. La investigación me permitió descubrir que teníamos referentes de mujeres en quien mirarnos, a quien seguir los pasos y a quien agradecer por haber abierto el camino a pesar de los obstáculos. La presencia de la mujer en los primeros años de las Facultades de Arquitectura es prácticamente anecdótica. El acceso de la mujer a la educación superior dependió de políticas públicas para su incursión, sumado a otros factores que ralentizaron la incursión de las mujeres en la profesión. En 1970, a pesar de los obstáculos, Guadalupe Ibarra consiguió ser la primera ecuatoriana en titularse como arquitecta y la primera docente (Universidad de Cuenca). En esa década se tituló la primera generación de arquitectas ecuatorianas, la mayoría en la Universidad Estatal de Guayaquil. Hoy, su figura es parte de la muestra permanente del Museo Archivo de Arquitectura Ecuatoriana y es, hasta el momento, la mujer arquitecta más prolífica del país con obras que abrieron un espacio para la ejecución del espacio doméstico por parte de las mujeres pioneras del siglo XX. Nuestra investigación enfocada en Ecuador, no puede ser entendida sin algunos perfiles extranjeros, como el de la argentina Evelia Peralta. A partir de la fundación de la revista Trama en 1977, Peralta fue la precursora en la creación de un medio especializado en Ecuador. Su trabajo ha permitido construir la historia de la arquitectura ecuatoriana, así como una crónica de las líneas de pensamiento locales. Otros perfiles relevantes son las guayaquileñas María Antonieta Palacios, prolífica en publicaciones y actual miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia, y Marcela Blacio, activista de género e investigadora destacada por su tesis doctoral “Espacio Público y relaciones de poder: el caso de Malecón 2000”. De Cuenca sobresale Dora Arízaga, referente latinoamericano en cuestión de patrimonio. Desde Ambato, María Hortensia Albán, titulada en la Universidad Federal de Río de Janeiro en 1972, es pionera de la planificación urbana y territorial moderna en el país. 3. Aprendiendo de las arquitectas modernas Decidí poner el nombre a este apartado en homenaje a Denisse Scott Brown. Aspiro a que mi viaje de conocimiento y reconocimiento en estas mujeres que me ha permitido ampliar mi espectro de ideas en la academia y en el ejercicio de la profesión, sirva a los lectores y lectoras de esta publicación a iniciar el suyo. ¿Qué aprendí de las arquitectas modernas: Aprendí sobre la importancia de la atención a la escala doméstica y cómo su funcionalidad mejora las condiciones del trabajo doméstico, así como del placer de habitar el espacio de la mano de la estética y la funcionalidad. Aprendí que mucho de lo que conocemos ha sido construido con un sistema de valores patriarcal, lo que provocó la supresión de todo trabajo colaborativo, en especial el femenino, pero que la historia está dando un giro, donde los movimientos feministas están recuperando estas aportaciones que nos ayudan a comprender mejor el espacio construido. Aprendí que ser “moderna” o estar a la vanguardia va más allá del diseño. Es tener la capacidad de cuestionar las estructuras vigentes y abogar por la igualdad de derechos y que su postura feminista cuestionó las desigualdades y la relaciones de poder. Aprendí que todas las protagonistas modernas lo son por méritos y luz propia, una luz potente, sin la cual las convenciones sociales del siglo XX habrían apagado su voluntad creativa y su tesón en la producción arquitectónica tanto en proyecto como la teoría. Aprendí que como profesora debo integrar en mi enseñanza a las mujeres que he resaltado en este artículo (y muchas más para las que me ha faltado papel en este texto). Allí está la ventana de oportunidad para formar a las nuevas generaciones en una riqueza no sesgada de referentes en los que nos reconozcamos. Por :Verónica RoseroArquitecta por la Pontificia Universidad Católica del EcuadorMáster y Doctora en Arquitectura por la Universidad de Alcalá.Octubre de 2023