En nuestro último Consejo de Asuntos Exteriores, hicimos un balance de nuestras relaciones con América Latina y el Caribe (LAC) en un momento en el que esta región está atravesando una dramática crisis debido al Covid-19. Ya era hora que tuviéramos un debate sobre este asunto porque últimamente la región latinoamericana no ha ocupado un lugar suficientemente importante en nuestra agenda ministerial. Es algo que debemos remediar. El dramático impacto de Covid-19 en América Latina En nuestra reunión de julio ya tuvimos la oportunidad de abordar el dramático impacto de Covid-19 en América Latina y el Caribe (LAC). Desde entonces la situación se ha deteriorado aún más y la región es hoy en día la más afectada por la pandemia. Esto ha llevado a un alarmante aumento de la pobreza y la desigualdad. Con sólo el 8% de la población mundial, la región registra ahora un tercio de las muertes mundiales. Los sistemas de salud se han sobrecargado en muchos lugares y la región ha heredado una serie de problemas sociales, algunos de los cuales también presentes en Europa, que han agravado el impacto de la pandemia: grandes sectores de la economía informales, pobreza, inseguridad, ciudades sobrepobladas, comunidades rurales aisladas, saneamiento inadecuado y atención sanitaria limitada. Los avances en materia de desarrollo han empezado a desbaratarse Incluso antes de la pandemia, la frustración crecía en la región a medida que los avances en materia de desarrollo de los últimos decenios empezaban a desbaratarse. Parece muy probable que se produzca un escenario de inestabilidad política a largo plazo, inseguridad y amenazas a la democracia y a los derechos humanos. El crimen organizado está aumentando su control en la región más violenta del mundo y el apoyo popular a la democracia ha disminuido a un mínimo histórico (del 61% en 2010 al 48% en 2018, según Latinobarómetro). La región sufre de diversas crisis políticas. Venezuela sigue siendo una herida abierta: alrededor de 5,1 millones de venezolanos han buscado refugio en los países vecinos. Se trata de la mayor crisis humanitaria de la región y una de las más olvidadas por la comunidad internacional. Los conflictos internos y la violencia persisten en Colombia, Bolivia o Nicaragua, y las tensiones sociales aumentan en varios países. Venezuela y Colombia figuran ahora entre los principales países de origen de los solicitantes de asilo en la Unión Europea (en tercer y cuarto lugar, respectivamente). Sin embargo, como no llegan a nuestras costas en barcos arriesgando sus vidas, este flujo pasa desapercibido. El acuerdo UE-Mercosur podría suponer un cambio de rumbo En ese sentido, el acuerdo UE-Mercosur podría suponer un cambio de rumbo. Recuerdo haber viajado a Brasil y Argentina, como Presidente del Parlamento Europeo, a principios de este siglo y escuchar que este acuerdo estaba "casi" hecho. Aproximadamente, 20 años después, todavía está "casi" hecho. Si se consigue aprobar, sería el mayor Acuerdo de Asociación jamás logrado por la UE y podría contribuir significativamente a la recuperación económica a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, soy consciente que el actual clima político no facilita su ratificación. El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución en la que se advierte que, en su forma actual, este acuerdo no podría ser ratificado. A nivel del Consejo también hay reservas por parte de un número importante de Estados miembros. Por lo tanto, necesitamos involucrarnos con los parlamentos y los ciudadanos para abordar mejor sus preocupaciones. El acuerdo UE-Mercosur no debe ser visto como un mero acuerdo de libre comercio. Ni el Mercosur ni la UE se establecieron como meras zonas de libre comercio, y un acuerdo entre ambos tampoco puede considerarse, de manera reduccionista, en esos términos. Tiene un profundo significado geopolítico: es una herramienta que permite a ambas regiones afrontar mejor el creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y China, en el que tanto América Latina como la UE corren el riesgo de quedar en una posición de subordinación estratégica.