Hoy, las dos mayores crisis ambientales -el cambio climático y la pérdida de biodiversidad- tienen como causa común el sistema alimentario. La evidencia es clara: a nivel global la producción de alimentos es responsable del 70% de la pérdida de biodiversidad terrestre, del 70% del uso de agua dulce de fácil acceso en el planeta y de más de una cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, en el mundo es la principal causa de la deforestación y conversión de ecosistemas naturales. Una situación crítica en un país megadiverso como el Ecuador, cuya riqueza natural no solo es patrimonio mundial, sino también la base de nuestra propia salud, economía y seguridad alimentaria. Al comprometer este capital natural, nos estamos afectando directamente a nosotros mismos. Mientras degradamos los sistemas naturales que nos permiten alimentarnos, tampoco hemos logrado garantizar una nutrición adecuada para todos. En nuestro país, la desnutrición crónica infantil aún afecta a una de cada cinco niñas y niños menores de dos años. El sistema alimentario, en su forma actual, falla en su propósito más esencial: nutrir a la población sin destruir el planeta. En palabras simples: estamos poniendo en riesgo el mundo para comerlo, y aun así no estamos resolviendo el problema de fondo. También te puede interesar: Quito impulsa la agenda regional para modernizar la educación técnica y profesional Sin embargo, el sistema alimentario puede ser parte de la solución si transformamos la manera en que producimos, distribuimos y consumimos. Frenar la expansión de la frontera agrícola es crucial para detener la deforestación. Reducir el uso de fertilizantes sintéticos y adoptar prácticas más eficientes puede prevenir emisiones en la agricultura. La gestión adecuada de los desechos orgánicos evita gases de efecto invernadero y contaminación del agua, mientras que convertidos en compost se reintroducen en el ciclo de nutrientes. Otro reto urgente es reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos desde la producción hasta el consumo. Un tercio de lo producido no llega a ser consumido por personas. La transformación exige liderazgo de quienes tienen mayor poder de decisión: las empresas y los gobiernos, llamados a garantizar cadenas de valor sostenibles, regulaciones claras y prácticas productivas que respeten los límites planetarios. Pero también requiere del compromiso de la sociedad en su conjunto: desde consumidores conscientes hasta organizaciones comunitarias y la academia. El futuro de la alimentación es, en última instancia, el futuro del planeta, y solo juntos podremos asegurar que la mesa del mañana sea un espacio de bienestar y no el reflejo de un mundo devastado. Por: Cristina García y Victoria Mena, miembros de WWF Ecuador