Aunque estos objetivos sirven como una hoja de ruta, en todas las discusiones que se han llevado a cabo recientemente —desde la Asamblea de las Naciones Unidas a finales de septiembre hasta la Conferencia sobre la Inversión Privada que el Fondo Verde para el Clima (GCF)— nos queda claro una cosa: financiarlos no es nada fácil. Un estudio por el Instituto Universitario de Ginebra señala que la brecha de inversión para alcanzar los ODS en América Latina y el Caribe es de aproximadamente USD 650.000 millones anuales. El tamaño de esta brecha imposibilita que el sector público la cubra de manera independiente. Y considerando que la financiación para el desarrollo actual alcanza USD 71 millones al año nada más, esto significa que nuestros países tendrán que movilizar entre USD 8 a USD 9 adicionales por cada dólar que se invierte en el desarrollo. En este esfuerzo, todos tenemos un papel que jugar: los gobiernos de la región pueden incentivar y fortalecer sus mecanismos para financiar los ODS, mientras que los donantes pueden intentar que sus contribuciones sean más estratégicas. Pero el impacto verdadero no se verá hasta que facilitemos la fuente de financiamiento más potente de todas: el sector privado. Solo los 600 bancos más grandes del mundo cuentan con USD 4,2 mil millones en exceso de capital. Con estos recursos, se pueden financiar los ODS no solamente en América Latina y el Caribe, sino en todas las economías emergentes del planeta. Por suerte, vemos que los inversores, las empresas y otros actores en el sector privado están cada vez más interesados en contribuir al desarrollo sostenible. Ahora bien para que apoyar en la escala necesaria, ellos precisan de algunas condiciones para invertir, aliados que los ayuden a entender los desafíos y las oportunidades relacionadas al desarrollo y mecanismos de inversión adecuados para avanzar en la implementación de los ODS. En una palabra, lo que se necesita para movilizar el sector privado y así financiar los ODS son las alianzas. Los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales y otras entidades para las cuales el desarrollo es su negocio principal tienen mucho que ganar y más que contribuir a las alianzas con el sector privado. Estos actores se benefician de los recursos y de la innovación disruptiva tan característica del sector privado. Y al mismo tiempo, al contribuir su conocimiento sobre el desarrollo, facilitan la participación de inversores, empresas y otros que quieren contribuir al bienestar del planeta pero que no saben cómo hacerlo. Como todos los que han trabajado en grupos pueden atestiguar, laborar en alianza es complejo. Pero los beneficios de las colaboraciones ameritan el esfuerzo. No hay que conformarse con el reconocimiento de la necesidad de trabajar en alianzas, sino que sea parte de nuestra misión el compartir lo aprendido y fortalecer las habilidades para realizar alianzas efectivas para el desarrollo.Debemos convertir a las alianzas en un poderoso vehículo para lograr el desarrollo social y económico que necesita la región, y no morir en el intento.Fuente: Diario El País