Autor: José Saha, Socio Ejecutivo de Readiness Global Sin embargo, cada día noto cómo la palabra se ha vuelto un significante con incontables significados, según la interpretación particular que cada empresa ha hecho del concepto. Algunas han formado a su gente en “scrum”, otras han formado “tribus”, pero lo interesante es que muchas de ellas no han logrado conectar esas acciones con la estrategia del negocio, y este es, a mi modo de ver, el real problema a atender, ya que es la única manera de dar tangibilidad a las acciones, en ciclos claros de agregado de valor. ➤ Ver también: Entre Darwin y Galeano: el nuevo escenario laboral que nos trajo el Covid-19 Ahora, es cierto que los principios declarados por el Movimiento Ágil contribuyen a la conformación de una cultura más afín a las necesidades que presenta el contexto actual, pero pocas veces se enfoca el cambio organizacional desde las mismas raíces de la empresa, y creo que es fundamental hacerlo para lograr no solo sostenibilidad de los cambios, sino también resultados concretos que cimenten los avances. Muchos estamos buscando poner al cliente en el centro logrando una comunicación fluida y cercana, queremos ser capaces de entregar soluciones a la exacta medida de sus necesidades, pero nuestra capacidad de cambio interna (“readiness”) necesita ser alta para transformar de manera genuina los modelos de negocio. Este es el desafío para las organizaciones que muchas veces no logran dejar atrás sus modelos de gestión tradicionales, incluso a sabiendas del daño que les causa. En síntesis, como en todo proceso de cambio, es imprescindible el requerimiento de ligar fuertemente el proceso de agilización a la estrategia del negocio y al propósito organizacional. Sentada esa base, la clave será contar con la firme decisión y el coraje de los líderes para soltar tradiciones y embarcarse de manera sostenida hacia nuevas maneras de pensar y de hacer, aún cuando esto implique pérdidas individuales y la incertidumbre de iniciar un camino de cambio y aprendizaje continuos.